UN VIAJE AL PASADO PARA NO REPETIR EN EL FUTURO

«El trabajo os hará libres», puerta de entrada al campo de concentración.
Compartir:

DACHAU, el lugar donde empezó todo

Dachau fue el primer campo de concentración nazi, creado en 1933 como modelo y prototipo para los demás. En sus doce años de existencia, más de 200.000 prisioneros fueron recluidos y torturados por los nazis, de los cuales más de 40.000 fueron asesinados. Hoy en día, el campo es un memorial que recuerda a las víctimas y alerta sobre los peligros del totalitarismo, el racismo y la violencia. Tuve la oportunidad de visitar Dachau durante mi viaje por Alemania, y quedé impactado por lo que vi y sentí.

Nada más llegar me encontré con una puerta en hierro forjado que tenía la inscripción “Arbeit macht frei” (“El trabajo os hará libres”). Esta frase era una cruel ironía que los nazis usaban para hacerles creer a los prisioneros que podrían salir del campo si trabajaban duro. En realidad, el trabajo era una forma de explotación y de exterminio.

Entré al campo y lo primero que vi fue que a ambos lados había unas alambradas electrificadas que impedían la huida o el contacto con el exterior. Al fondo se veía una torre de vigilancia con reflectores y ametralladoras. El campo tenía una forma rectangular y estaba dividido en dos partes: el campo principal o antiguo, donde estaban los barracones, las instalaciones administrativas y los lugares de castigo; y el campo ampliado o nuevo, donde se construyeron más barracones, talleres, almacenes y cámaras de gas.

Empecé mi recorrido por el campo principal, donde había 34 barracones de madera que alojaban a los prisioneros. Cada barracón tenía una capacidad para 200 personas, pero llegaron a hacinarse hasta 2.000 en condiciones infrahumanas. Los prisioneros dormían en literas de tres pisos, sin colchones ni mantas. Sufrían frío, hambre, suciedad y enfermedades. Tenían que levantarse a las cuatro de la mañana para pasar el recuento y luego ir a trabajar hasta las siete de la tarde. Solo recibían dos comidas al día: un café aguado por la mañana y una sopa aguada por la noche.

Entré a uno de los barracones reconstruidos para ver cómo era la vida cotidiana de los prisioneros. Allí pude observar las camas, las mesas, los armarios, los lavabos y los retretes. También pude ver las fotos, los dibujos, las cartas y los objetos personales que algunos prisioneros habían conservado o escondido. Algunos eran testimonios de su sufrimiento, otros de su solidaridad o su creatividad.

Los nazis clasificaban a los prisioneros de los campos de concentración mediante un sistema de triángulos de colores cosidos en la ropa, cuyo color indicaba el motivo de su detención. Esta clasificación servía tanto para identificarlos fácilmente como para fomentar la discriminación y división entre los diferentes grupos de prisioneros. Los principales colores y sus significados eran:

  • Triángulo rojo: Prisioneros políticos (socialistas, comunistas, sindicalistas, resistentes de países ocupados, liberales, etc.).
  • Triángulo verde: Delincuentes comunes o “criminales”.
  • Triángulo azul: Extranjeros “emigrantes” y apátridas.
  • Triángulo negro: Personas calificadas como “asociales” (vagabundos, prostitutas, alcohólicos, mendigos, romaníes/Sinti y Roma, lesbianas, entre otros).
  • Triángulo marrón: Sinti y Roma (romaníes). Originalmente usaban el negro, pero posteriormente se distinguió con el marrón.
  • Triángulo púrpura: Testigos de Jehová (por negarse a servir al régimen por razones religiosas).
  • Triángulo rosa: Hombres homosexuales (también otros “delitos sexuales” según la interpretación nazi).

Existían categorías combinadas. Los prisioneros judíos, por ejemplo, llevaban un triángulo amarillo invertido debajo de otro triángulo del color correspondiente a su “delito” percibido (político, “asocial”, etc.), formando así una estrella de David. Por ejemplo, un prisionero judío considerado político portaría un triángulo rojo sobre otro amarillo, mientras que uno considerado “asocial” luciría el negro sobre amarillo. Además, en muchos casos se añadían letras para indicar nacionalidad (“P” para polacos, “F” para franceses, etc.) o símbolos adicionales, como una “Z” (de “Zigeuner”, gitano) o abreviaturas específicas. Este sistema pretendía reforzar el estigma, la segregación y las jerarquías dentro de los propios campos.

Llegué al final del campo principal, donde se encontraban los lugares de castigo y de exterminio. Allí vi el búnker, una prisión dentro de la prisión.

Este no era un refugio, sino un lugar de castigos severos y torturas. En la jerga de las SS se lo llamaba «arresto de la comandancia», pero los prisioneros lo conocían como el búnker. Fue construido alrededor de 1937-1938 y consistía en un edificio con celdas individuales donde los prisioneros podían ser confinados durante semanas o meses con condiciones extremadamente duras, incluida poca comida y ventilación.

En este búnker, la SS realizaba interrogatorios, registros, y aplicaba castigos severos. Incluso se instalaron pequeñas celdas muy angostas de unos 80 cm por lado, en las que los internos tenían que estar de pie durante varios días con muy poco oxígeno y alimentación insuficiente. Este lugar fue escenario de vejaciones, torturas e incluso muertes de muchos prisioneros.

Hornos del Crematorio

Más allá del patio había una zona boscosa en la que se escondía el crematorio, donde los nazis quemaban los cadáveres de los prisioneros. El crematorio tenía cuatro hornos con capacidad para quemar unos 150 cuerpos al día. También tenía una cámara de gas disfrazada de ducha, donde los nazis asfixiaban a los prisioneros con monóxido de carbono o con Zyklon B, un pesticida letal. La cámara de gas tenía una capacidad para unas 150 personas, pero solo se usó en algunas ocasiones, ya que Dachau no era un campo de exterminio masivo como Auschwitz.

Cámara de gas

Sentí un escalofrío al ver los hornos, la cámara de gas y las salas donde se apilaban los cadáveres. También vi una mesa de disección donde los nazis practicaban experimentos médicos con los prisioneros vivos o muertos. Algunos de estos experimentos eran sobre la malaria, la tuberculosis, el tifus, la fiebre amarilla o la congelación. Los prisioneros eran infectados, inyectados, operados o expuestos a condiciones extremas sin anestesia ni consentimiento.

Terminé mi recorrido por el campo y me dirigí al memorial, donde hay varios monumentos y museos dedicados a las víctimas y a la memoria histórica. Allí vi el monumento internacional, una escultura abstracta que representa el sufrimiento y la liberación de los prisioneros. Además, vi el museo histórico, donde hay una exposición permanente sobre la historia del campo y del nazismo.

Visitar Dachau fue una experiencia dura pero necesaria. Me hizo reflexionar sobre la importancia que tiene poder conocer estos lugares hoy en día, a pesar del dolor que transmiten, tomar conciencia de la crueldad y la barbarie que puede llegar a cometer el ser humano cuando se deja llevar por el odio y la intolerancia, como lección para que no se vuelva a repetir.

Santiago Delgado es fotógrafo documentalista y fundador de la asociación Mi Viaje del Héroe. Desarrolla su labor desde la inmersión en terreno, conectando la perspectiva etnográfica con el testimonio visual en realidades humanitarias y sociales.

PERIODISMO INDEPENDIENTE

¿Te ha aportado valor esta lectura?

Nuestro trabajo se sostiene gracias al respaldo de la comunidad. Tu apoyo como socio/a o tu donación puntual hacen posible seguir documentando realidades sociales sin ataduras.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *